sábado, 23 de octubre de 2010

Bitácora de Alianzas

Recientemente recibí una encuesta por e-mail sobre un tema casi tan cercano como ajeno: el comportamiento adolescente en un entorno determinado. Luego de unas veinte preguntas estilo "¿Qué tan seguido asistes a fiestas?", "¿Qué entiendes por pololear?" había una nota del supuesto creador de la encuesta: observa a los demás a tu alrededor. Luego de ello prendí la televisión hasta encontrar una repetición de algún programa del Disney Channel en el que cada persona tenía su día a día con drama en la mañana y una solución rosa bebé en el bolsillo. Quise averiguar qué tanto de eso podía ser cierto.

Casi me sentí una intrusa cuando apliqué esto en la fiesta de aniversario del colegio (no ganamos, pero al menos terminamos terceros de cuatro alianzas) con diversos amigos y conocidos. Me sorprendí al comprobar el cambio que operaban las luces brillantes y el ritmo intermitente en los que yo llamo «depresivos» o «lagartijas». En los primeros, era fácil notar siempre los dramas o historias no correspondidas que les dan ese aire ausente y melancólico; por eso me extrañaba encontrarles con las pupilas dilatadas, bailando sin parar. Los segundos, por otro lado, siempre los recordaba por su timidez con cualquier persona, así que era extraño comprobar con qué rapidez se animaban a estupideces como correr alrededor del escenario o competencias de beber agua más rápido, etc.

Tengo que admitirlo, me entretuve al comprobar una cosa que nos enseñan a evitar a toda costa en las horas de Orientación o Ciencias Sociales: que, efectivamente, a veces la misma clase socio-económica llega a definir la primera impresión de una persona. Bastaba con ver la cara de susto de las chicas cuando algún hombre se animaba a bailar. No olvidaré la cara de uno de mis compañeros esa noche que fue rechazado por parecer un loco, probablemente; aunque sólo intentaba dar algo de chispa. Ah, qué crueldad la mía. Sólo puedo comparar con otros «carretes» más… bueno, mucho más vivaces en realidad.

Ahora, al escribirlo me doy cuenta del origen de esta duda. Mis padres me enseñaron la importancia de conocer otras realidades, en lugar de ignorarlas. En mi caso ejercen cierta fascinación por entenderlas y formar parte de toda la vida que se pueda vivir. Supongo que ese es el resultado de mi temporada de esfuerzos por empezar a rebelarme (sin éxito en ninguno de los casos). Aunque eso no me evita los prejucios de ningún modo, porque aún me sorprende ver a mis amigos de infancia fumar sin preocuparse de toda la propaganda de evitar el cigarro antes de los 18 y escuchar en cambio los millones de pesos que se gastan en publicidad.

En fin, lo único que concluí en mi experimento fue lo extraño que resulta que al no tener tanta experiencia en estas cosas esperemos los clásicos estereotipos americanos de una fiesta soñada o al menos la muestra antisocial de timidez que buena parte de los que tienen catorce años les entra al estar en un entorno lleno de extraños sin nombres. Como una especie de monstruo enorme y cargado de energía. Yo al menos me divertí bailando con un chico de ojos preciosos (y aquí viene el tan famoso 1313).

Quizás es algo innato para mí, cuestionarme todos los pro y los contra de las realidades que nos muestran programas de dramas nacionales e internacionales y lo que realemente sucede en mi mundo. Que es, sin mentir, simplemente Santigo Oriente.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Introducción (o cierta clase de explicación)

Lo primero que pensé cuando hice click en "Crear blog" fue recordar los procesos repetitivos que he tenido con todas mis cuentas en Internet. Me obsesiono con ellas por una limitada cantidad de meses y luego son abandonadas y no vuelvo a pensar en su existencia. Hasta ahora, lo más estable que he tenido ha sido mi e-mail. Por eso, apenas podía explicarme por qué demonios quise un blog, siendo que mis fanfics no están terminados. De hecho, en este mismo momento la vocecita chillona de mi conciencia me está dando excelentes razones para no seguir adelante con esta locura. Raro, ¿no?

Según yo, los escritores nacen desde su nacimiento o desde el evento que los convertirá en escritores. Desde que aprendí a leer (y lo considero mi habilidad más valiosa) he intentado comprender la mente de un buen escritor. Quizás porque sentía envidia porque no puedo sentir esa inspiración para crear algo propio. Quizás porque quería analizarlo como quien examina un animal enfermo. Esas son las opciones, pero la respuesta que me di fue lo mucho que deseaba aprender para serlo algún día. Entonces, los escritores han de tener un talento que deseo.

Al final, lo único que se me ocurre para añadir a esta nota es que no pido fama ni premios, sino cierta clase de condescendencia por intentarlo. Eso sí, lo único que puedo aportar es mi fragmentada y bastante censurada visión del mundo desde la perspectiva de una adolescente en plena capital latinoamericana. Por lo que habrán muchas cosas de las que escribiré sin saber casi nada del tema. Paciencia, es lo que me pediría mi profesor de Lenguaje y Comunicación.

Lo más seguro es que terminaré haciendo transcripciones casi literales de mi Moleskine, un cuaderno clásico y muy costoso cubierto de cuero rojo, una exquisitez en mi opinión; del cual no me separo casi nunca. He ahí otra de mis obsesiones, la de encontrar la libreta perfecta donde aplicar mi trastorno obsesivo-compulsivo con los libros y la organización en éstos. En cualquier caso, esas transcripciones son imperfectas y más propias de un borrador que otra cosa, pero están llenas de sentimiento.

Ah, y por cierto: hasta ahora no encuentro mi libro favorito, pero por ahora encabezan la lista ciclos y trilogías como "Eragon", "Harry Potter", "Túneles" y "Los Juegos del Hambre". Mi sangre es de tipo desconocido, porque aún no he revisado mi ficha médica. Llevo casi seis meses desde la última vez que bebí de una cerveza.

He sobrevivido un patético asalto a las afueras de un supermercado, una muerte frente a mis ojos, una pandemia de AH1N1 y un terremoto. Suena impresionante decirlo de esa forma, ¿no? Créeme, no lo es.