Recientemente recibí una encuesta por e-mail sobre un tema casi tan cercano como ajeno: el comportamiento adolescente en un entorno determinado. Luego de unas veinte preguntas estilo "¿Qué tan seguido asistes a fiestas?", "¿Qué entiendes por pololear?" había una nota del supuesto creador de la encuesta: observa a los demás a tu alrededor. Luego de ello prendí la televisión hasta encontrar una repetición de algún programa del Disney Channel en el que cada persona tenía su día a día con drama en la mañana y una solución rosa bebé en el bolsillo. Quise averiguar qué tanto de eso podía ser cierto.
Casi me sentí una intrusa cuando apliqué esto en la fiesta de aniversario del colegio (no ganamos, pero al menos terminamos terceros de cuatro alianzas) con diversos amigos y conocidos. Me sorprendí al comprobar el cambio que operaban las luces brillantes y el ritmo intermitente en los que yo llamo «depresivos» o «lagartijas». En los primeros, era fácil notar siempre los dramas o historias no correspondidas que les dan ese aire ausente y melancólico; por eso me extrañaba encontrarles con las pupilas dilatadas, bailando sin parar. Los segundos, por otro lado, siempre los recordaba por su timidez con cualquier persona, así que era extraño comprobar con qué rapidez se animaban a estupideces como correr alrededor del escenario o competencias de beber agua más rápido, etc.
Tengo que admitirlo, me entretuve al comprobar una cosa que nos enseñan a evitar a toda costa en las horas de Orientación o Ciencias Sociales: que, efectivamente, a veces la misma clase socio-económica llega a definir la primera impresión de una persona. Bastaba con ver la cara de susto de las chicas cuando algún hombre se animaba a bailar. No olvidaré la cara de uno de mis compañeros esa noche que fue rechazado por parecer un loco, probablemente; aunque sólo intentaba dar algo de chispa. Ah, qué crueldad la mía. Sólo puedo comparar con otros «carretes» más… bueno, mucho más vivaces en realidad.
Ahora, al escribirlo me doy cuenta del origen de esta duda. Mis padres me enseñaron la importancia de conocer otras realidades, en lugar de ignorarlas. En mi caso ejercen cierta fascinación por entenderlas y formar parte de toda la vida que se pueda vivir. Supongo que ese es el resultado de mi temporada de esfuerzos por empezar a rebelarme (sin éxito en ninguno de los casos). Aunque eso no me evita los prejucios de ningún modo, porque aún me sorprende ver a mis amigos de infancia fumar sin preocuparse de toda la propaganda de evitar el cigarro antes de los 18 y escuchar en cambio los millones de pesos que se gastan en publicidad.
En fin, lo único que concluí en mi experimento fue lo extraño que resulta que al no tener tanta experiencia en estas cosas esperemos los clásicos estereotipos americanos de una fiesta soñada o al menos la muestra antisocial de timidez que buena parte de los que tienen catorce años les entra al estar en un entorno lleno de extraños sin nombres. Como una especie de monstruo enorme y cargado de energía. Yo al menos me divertí bailando con un chico de ojos preciosos (y aquí viene el tan famoso 1313).
Quizás es algo innato para mí, cuestionarme todos los pro y los contra de las realidades que nos muestran programas de dramas nacionales e internacionales y lo que realemente sucede en mi mundo. Que es, sin mentir, simplemente Santigo Oriente.
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